Wednesday, April 02, 2008

El Pastor


Mi homenaje a Juan Pablo II, un Papa y montañero.

Un día vi al Ermitaño que recibía emocionado a un Pastor, vestido de blanco, con bastón blanco, solideo del mismo color, botas de cuero recias y con una mochila para un almuerzo ligero ... era su cara la del "Buen Pastor", su mirada inteligente, cariñosa, comprensiva y juguetona.

Aquel día pasaba en compañía de otros corderos y ovejas cerca de la Ermita, la vimos abierta y entramos. Daba la luz del amanecer sobre un fresco que representaba al "buen Pastor" llevando una oveja al hombre y acompañado de un rebaño que le miraba embelesado. No sabía por qué pero ese "pastor" vestido de blanco me parecía el mismo y distinto.

Su mirar parecía eterno, me llevaba a aquellos tiempos lejanos en los que convivíamos en paz hombres y animales, en los que se entendían todos los lenguajes, en los que todavía no había bajado a la tierra la "serpiente de colores" ni existían "hombres grises". Pero también era profundamente actual, veías en él todos los anhelos del mundo, del Universo, de cada persona, de cada grupo. Y te dabas cuenta que él sí tenía respuestas pero que pasaban por la aceptación libre de los hombres.

Hoy hace tres años que el Pastor se fue a países lejanos, más allá de las nubes, más allá del Sol... si bien "no se sabe por qué" pero hoy sigue su senda un "Bibliotecario", un guardián de Historias, un protector del recuerdo de todo lo bueno que en el mundo ha habido y que también tiene respuestas sobre "historias nuevas y felices"... que requieren la aceptación libre de los seres humanos.

El Pastor se sentó junto al ermitaño, nos acercamos felices corderos y ovejas. Curioso... también apareció la tímida cara del zorro, los conejos sin miedo se subieron a la piedra caliza donde estaban en amable cháchara, las águilas revoloteaban alrededor, pero debajo estaban posadas, sin inquietudes, palomas y torcaces. No hablaré de los ínfimos insectos que también admiraban ese cuadro. Lo blanco del hábito con lo blanco de las barbas de nuestro amable ermitaño.


El roble milenario todavía no había echado sus yemas pero se notaba que querían salir con ansia para crear un follaje que les protegiese con su sombra... pero las nubes protestaban, que para eso estaban los nimbos haciendo una cortina desgajada.

Hablaron de los hombres grises con pena, como si en otra época aquellos seres hubiesen tenido corazón, alma y esperanza; se gozaron recordando las familias que venían desde el llano con los niños, la abuela, la tortilla y el bullicio. El ermitaño lo sabía todo de cada uno y contaba orgulloso, sobre todo, las hazañas de los más pequeños. Hablaron de las inquietudes de los campesinos de las aldeas y de sus venidas en romería a la Ermita, entendían sus recelos y sus silencios. El aire se llenaba de esperanza.

Y a mí me pareció, al oírles, que "Lunáticus" había fracasado, que su imperio tenía pies de barro y que, en un día no muy lejano, los hombres grises dejarían de seguirle, dejarían su pesimismo, mirarían el Sol, se dejarían mojar por la lluvia, aprenderían a esperar y cambiarían lo gris por el color. Porque hombres son con el color de su piel escondido en la servidumbre a la dialéctica de las "serpientes de colores".

Ahí, en la soledad del banco de piedra, el ermitaño despidió emocionado al Pastor de blanco, mientras sus ojos nos miraban cómplices de haber sembrado en el Bosque una nueva melodía, la esperanza de tiempos mejores.

frid

3 comments:

mercedes sáenz said...

Ese hombre de blanco, montaña, pastor. Me emocionó este relato Caminos, mucho. Tiene que ver su persona, con muchas cosas que pienso. Saludos. Mercedes Sáenz

mercedes sáenz said...

Quisiera ver en este texto otras voces entonces. Abrazos. Merci

rasputinsky said...

Espero que vengan muchos a hablar con el ermitaño, anciano y sabio... que sabe esperar y mirar el tiempo con ojos de providencia.

Nosotros, con la prisa de una corta vida pensamos que el mundo se tambalea... se tambalea una generación.

San Agustín vio claro que el final de Roma, el final del Imperio... no era el final del cristianismo. La ciudad de Dios vive en la ciudad del hombre... y "mientras haya hombres"... habrá "corazones" en los que habitará la ciudad de Dios.

Y algunos de esos corazones "ni se darán cuenta", porque la harán viva en el cuidado del necesitado, en el amor a su familia, en el servicio a los demás ciudadanos... mostrarán con el "bien que hacen"... que Dios es más, es el Sumo Bien.

Y eso es esperanza. La cadena sigue desde hace más de veinte siglos... y es cadena divina.