
Encargo real, eso implica cierta prisa. No podemos ir a nuestro antojo y eso supone sufrir las calenturas del día.
Agua... sí, los aguadores tienen tarea. Alivian la sed y de paso son nuestra avanzadilla.
Atento... se inquieta mi blanco corcel... algo se siente. Incluso Iñigo, el joven doncel que hace hoy su primera travesía, siente la electricidad que transmite su cabalgadura.
Paso estrecho. Miro al moro cautivo. Pienso que pueden ser de los suyos que quieren parar nuestro viaje e impedir que lleguemos a la Corte del Rey.
Advierto a la tropa. Estad atentos, sujetadle las bridas.
Mustafá afirma que no cree que sean sus hordas, que quedan abajo, allá en la Andalucía. Es posible que sean bandidos, "carroñeros" que acechan entre las peñas buscando fortuna.
Un aguador recibe la orden. Que suba la cuesta y otee la senda. Y, estando a mitad de altura, intenta avisarnos... pero una flecha certera le quita la vida.
Atentos. ¡bandidos! Controlan en paso. Tensa espera... han dado un aviso. Esperemos la noche pues esta noche no hay luna.
Frío que penetra. Trabajo con trapos tapando los cascos. Silencio y ascenso por la cresta de arriba.
Un fuego en lo alto. Ahí espera la banda con la guardia dormida.
Ya estamos cerca... relincha un caballo. Se grita.
Bajamos veloces y pronto acabamos. Miro con pena el rostro del jefe bandido, iluminada la cara por las llamas de la hoguera que había.
Mi asombro al ver que es un bravo guerrero que odia a Rodrigo y busca venganza por lo bien que mi padre trata a la gente de guerra y de granja.
Ya no más odio... pero me invade la pena. Miramos el moro y cristiano la faz ya sin vida de un héroe en la guerra pero miserable en la vida.
Enterramos los muertos. Rezamos por ellos y esta noche no hay descanso en el viaje, buscando que el andar disipe la pena que en mi pecho yo siento por ver cómo los grandes se hacen pequeños, por ver cómo la envidia lleva consigo su propio castigo.
Entramos esa noche en Castilla.
frid