Sunday, March 30, 2008

La carpa solitaria


Mi paseo montaraz.

Ayer, como todos los sábados, el cordero se fue con unos amigos a risquear por las crestas de la sierra. Pasamos por lugares difíciles, oímos los cantos de los patos ahí abajo, en un recodo del embalse, los reclamos de las codornices y el vuelo algo perezoso de las perdices, que ya no andan preocupadas por los cazadores. Ellas han asimilado en su reloj biológico la época de caza y de peligro.

Aquí hay buena vida salvaje... apenas hay humanos "salvajes"... y no es de interés de los "hombres grises" someternos a su control, puesto que para llegar a estos pagos es preciso esforzarse bastante... Y cuando se ve este paisaje el alma de animales y humanos se siente impulsada a preguntarse. Y de la pregunta la duda, de la duda la esperanza de un mundo de armonía, y la intuición de que Alguien ha compuesto una maravillosa partitura esperando que nuestra voz se calle y el corazón escuche.

Es curioso, en el envoltorio de un bocadillo, que una cabra loca se zampó en cuanto lo vio se hablaba de que un determinado Ministerio estaba orgulloso de que cada ciudadano se convirtiese en un delator de delitos contra el medio ambiente. Al principio me pareció un logro, pero mientras íbamos subiendo por la ladera pensábamos, "pensamiento y conversación de corderos"... que hace falta estar aburrido para fisgonear a los demás. Una cosa es protegernos del cazador furtivo, otra convertir a todo ser viviente en un transgresor. Y eso de ¿quien esté sin pecado tire la primera piedra? no les dirá algo a esos señores. Realmente los hombres grises se han convertido en sus propios censores. Ahorrarán policía, se vigilarán, se chivarán, desconfiarán, odiarán... así no se hace un rebaño sino un orden presidiario.

Pasamos por la cola del embalse, estamos en sequía... y era toda ella un barrizal en el que empiezan a apuntar verdeando algunas hierbas... una pradera donde nunca la ha habido, pero eso es señal de año malo. El río serpenteaba entre los fangos hasta muy abajo donde, en tono verdoso, estaba el agua acumulada.

En una charca desconectada con el sinuoso y pacífico río embalsado, me encontré con una carpa perezosa. No había querido ir con las demás corriente abajo. Quería soledad y tranquilidad. Buscó su mundo en exclusiva, su charca, su propiedad, su aislamiento. Me dio pena. El sol pronto empezará a darle fuerte, se freirá... y las aves de rapiña volarán en círculos cada vez más bajos... y es probable que cuando vuelva de mi risco vea raspas de pescado.

Egoísta carpa, gorda carpa. Estaba feliz en su propiedad... incluso había echado para no compartir con nadie su tesoro a los carpines más pequeños. Y ahora boqueaba.

Nosotros, los corderos seguimos el camino hacia los riscos de la verde hierba. Ahí arriba habita el ermitaño... nos gusta pararnos y mirar esos ojos tan profundos, donde se vislumbran cielos estrellados, paraísos de corderos y una paz que nos reconforta. Es como un descanso en el camino.

Y llegamos a la cima, no sin esfuerzo y no sin dejar algún mechón de lana en los rosales. No hay vista que valga la pena que no tome como tributo uno de nuestros mechones. Es un pequeño dolor... pero tiene la ventaja que dejan la señal del retorno hacia el llano. Hoy miramos las cumbres lejanas pobladitas de nieve, un enorme manto blanco de paz, donde no llega la maldad de los hombres grises.

Pero para llegar a esas cimas, sabemos, que tendremos que pasar por enormes trabajos.

frid

2 comments:

mercedes sáenz said...

Muy, muy buen texto Caminos. Buena prosa, buena profundidad y aunque ni te conozca ni vaya a conocerte, buen perfil de espìritu se perfila, sin caer en frases que a veces me cansan. En tu relato, valen todas. Qué bueno que además de hacer caminos, camines. (Me hice la viva con un viejo juego de palabras)Opio de mi parte. Saludos. Mercedes Sáenz

rasputinsky said...

Curioso que mi musa esté en el otro lado del charco... porque anima los ánimos que me das. Gracias y no te importe también comentar correcciones... siempre se puede mejorar el estilo para hacer pensar a los lectores.

frid